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el amor y la distancia

el amor y la distancia

Érase la triste historia de amor de dos líneas paralelas que estaban enamoradas.

Desdichado el ladrón de besos: una vez que la corte comprobó su culpabilidad, tuvo que devolver todos los artículos robados a sus respectivas dueñas.

Dos camas que anhelan, al mismo tiempo y sin saberlo, compartir el mismo humano.

el ilustrador

Dibujo. Dibujo que dibujo. Mentalmente me veo dibujar que dibujo y también puedo verme que dibujo. Me recuerdo dibujando ya y también viéndome que dibujaba. Y me veo recordando que me veo dibujar y me recuerdo viéndome recordar que dibujaba y dibujo viéndome dibujar que recuerdo haberme visto dibujar que me veía dibujar que recordaba haberme visto dibujar que dibujaba y que dibujaba que dibujo que dibujaba. También puedo imaginarme dibujando que ya había dibujado que me imaginaría dibujando que había dibujado que me imaginaba dibujando que me veo dibujar que dibujo.

A propósito de Salvador Elizondo.

de candidatos

El candidato de la oposición da el obligado discurso momentos después de haberse expresado en las urnas:

“Como correspondencia en este acto de sana, aunque reñida competencia, he emitido mi voto en favor del candidato conservador, porque sé que él emitirá el suyo para con mi persona. Este acto simbólico va para demostrar que esta no es una disputa personal sino de ideales, y que ambas propuestas son tan válidas una como la otra.”

El candidato de la oposición perdió las elecciones por una diferencia de dos votos.

Toma la palabra el último candidato en dar conclusión, el del PDF:

“Lo que acabamos de ver es a los políticos de siempre: tan absortos en sus particularidades que ni se dan cuenta de sus errores. Ya, señores, ya basta. Basta de darle máscaras al país, como ya lo propusiera el candidato del PSD. Lo único que hacen es superponer y multiplicar capas sobre la problemática de fondo. Los vectores que se deben trazar para la igualdad, déjeme decirles, también nosotros sabemos manejarlos. Tampoco voy con el candidato del PPT. Pareciera que todas son presentaciones estéticas, señor candidato, y no es así. La situación actual amerita más para resolver la intransigencia que simples animaciones hacia la gente, y mucho más que una proyección de nuestras coyunturas. Lo que necesitamos es cohesión, compresión, y aunque en este rubro pareciera que estoy más de acuerdo con el candidato del PNG, por esto de que se acredita como muy transparente, déjenme decirles que no sólo se trata de dejar algo de transparencia, sino de tener buenas resoluciones a la hora de ampliar, y eso parece que no lo tienen los integrantes de ese partido. No señores. Lo que necesita el país es agruparse. Que todos los archivos de esta nación quepan en un solo documento de legitimidad y orgullo, listo para imprimirse indeleblemente en los corazones de todo el pueblo. Lo que necesita el país es compatibilidad, enlaces externos para exportar e importar, conceptualidad y buenas resoluciones. ¡Lo que necesita el país es al PDF!”

En un acto de desesperada violencia, el candidato, que está en el interior de la mampara, frente a la boleta, empuña el manguillo del lapicero y raja, de una tajada eufórica, la palma de su temblorosa mano, extrae un cordón de sangre recién brotada y tacha, con el plasma vivo, el logotipo de su partido y con ello, su postulación, perdida de antemano.

El escrutador, al efectuar el conteo de votos, encuentra la boleta, aún fresca, como prueba única del único voto que recibió el candidato. El escrutador pasa la boleta entre los corresponsales de casilla y los representantes de los partidos competidores, quienes la toman por la parte húmeda, ríen, se limpian perezosamente y la pasan. “¡Un loco!” “Hasta pudo haber sido él mismo”.

Lo que nadie sabía, por supuesto, es que el candidato tenía sida.

ensayos de un ficcionario desterrado

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Compra una cajetilla de cigarros para su jefe y una de condones para su novio. Las envuelve con el mismo papel y les coloca la misma nota: podemos usarlos de noche en las escaleras. Justo antes de enviarlos, confunde los paquetes… a drede.

Quedé de verme con ella a las 10. ¿Dónde estás? Aquí, respondí por la bocina, ¿y tú? Yo estoy acá, no te veo. Que raro… hagamos esto, le dije: toma el siguiente tren y nos encontramos en Sengawa. En el vagón la encontré, pero no era ella porque le pregunté dónde había quedado de verse conmigo. Allá, me respondió. Eres otra, yo quedé de verme con ella a las 10 aquí, no allá. Así que tomé a otra y la llevé a Sengawa donde la dejé al borde del pórtico del vestíbulo de un burdel de travestis, como niño travieso.

Cuando nació, la madre de Mendeliev le decía a sus amigas, orgullosísima de su buena suerte, que el niño había venido con retorta bajo el brazo.

el sol entra por la ventana

tres de sol.

El sol entraba por las dos ventanas del ático. ¿Pero para qué dos ventanas? Se preguntó el hombre práctico. Así que tomó una ventana y la colocó en el sótano, donde ahora ilumina convenientemente.

Le gustaba despertarse temprano todas las mañanas, abrir las ventanas de par en par, descorrer las cortinas y dejar que el sol entrara a su casa, hasta que un día el sol entró y se robó su chequera, unos pantalones y dos botellas de vino.

Descorrió las visagras para que el sol entrara por la ventana, pero el sol muy educado dio la vuelta a la casa, se paró en el pórtico y tocó el timbre.

miércoles – 11:49

Me tomó entre sus manos. No sé si antes ya me había dicho cosas lindas. Me miró fijamente y poco a poco, lentamente, me dejó sin nada encima. No sé si antes habría pensado en mí. Acercó sus labios a mi cuerpo y el primer contacto calentó mi exterior al tiempo ritmo que enfriaba el suyo. No supe nunca si quiso que así termináramos. Desenrolló su lengua y hábilmente, sabiéndose conocedora de los mimos labiales, me recorrió con su saliva de arriba abajo y por cada lado. Sentí que me hacía pequeño, nada, y desaparecer. El calor me invadía y el descubierto me hizo sentir el final. Terminé, pues, ahí, sin llegar a la satisfacción total. De mí, apenas quedó algo de madera, y en ella, el convencimiento de que había disfrutado de un paleta de limón. No volví a saber nada.

12:00

la raja

Urrutia tiene el examen en blanco, igual que su cabeza. Por la presión, se ha sentado encorvado y la playera no le alcanza a cubrir la espalda baja. La posición en la que se encuentra su pierna, en compensación, hace que su pantalón se recorra hacia abajo, dejando así asomar un centímetro del elástico de su calzón, y luego, la raja que parte sus nalgas simétricamente. Es un espectáculo visceral. Pero Urrutia no se da cuenta. Su alma está volcada sobre el examen, cuyos incisos están vacíos. Urrutia recapacita tarde que hubiera sido mejor estudiar a ver el especial de los Simpson.

Atrás de Urrutia se sientan Felguérez y Figueroa, que son amigos inseparables. El primero ha terminado el examen. “Menos de nueve es que el maestro es pendejo”, piensa Felguérez. Su examen es de siete punto cinco, bastante aceptable. Deja entonces el lápiz sobre el mesabanco y se dispone a entregar el examen, cuando su mirada oportuna se asombra de encontrar, asomándose del asiento de enfrente, entre el medio respaldo vacío, la raja de Urrutia. Treinta albures chocan frenéticamente en la mente de Felguérez y tiene que taparse la boca para no reírse.

Decide nomás picarle la cola con una pluma, pero entonces se acuerda de que existe Figueroa, así que lo pica a él en el hombro para mostrarle el hallazgo. Figueroa le mueve la mano como espantando moscas. Está concentrado, le falta solamente una pregunta.  “Si esta respuesta es buena, el examen es de ocho y no me voy a extraordinario”. Su examen es de seis. En estas meditaciones está cuando de reojo, y sin poder ignorar los piquetes de Felguérez, voltea y ve la raja y también tiene que cubrirse la boca para no reírse y llamar la atención de Archundia, el maestro, que hasta entonces ha estado leyendo. Se susurran. Felguérez hace señas de querer picarlo con el lápiz, pero Figueroa lo detiene para sacar algo de su bolsillo: una moneda de un peso. Se la da a Felguérez, y esta vez Figueroa hace señas de estar echando cambio en una alcancía. Felguérez entiende, ríe en silencio y comienza con sus dedos una cuenta regresiva: 3, 2, 1, ¡zas! Cae la moneda rumbo al ano de Urritia.

-¡Órale, cabrones! ¡Métansela a su abuela!- grita Urrutia.

Felguérez y Figueroa se cagan, casi literalmente, de risa. El salón se sobresalta. Archundia da un brinquito y ordena que los tres salgan del salón. Tiene una lógica de hierro.

-¡A ver, jóvenes: o me explican lo que pasó o se van con suspensión los tres!

Urrutia habla. Felguérez y Figueroa siguen soltando risas arrítmicas.

-Yo estaba sentado, profe, y de repente Felguérez o Figueroa, no sé, me metieron una moneda al calzón -los amigos se ríen-, y pues les grité porque me enojé mucho, profe.

-¿Es cierto eso jóvenes? ¿Eh, jóvenes? ¡Jóvenes! ¡Dejen de reírse! ¿No ven que es una falta de respeto gravísima a su compañero? ¡Jóvenes! ¡Muy bien, se van a la dirección por una suspensión y con examen reprobado!

Archundia escoltó a Felguérez y a Figueroa a la dirección y dejó que Urrutia se metiera a terminar el examen. Urrutia aprovechó la coyuntura para empezarlo, copiar las respuestas de sus compañeros y sacar así un nueve punto cinco.

Felguérez y Figueroa fueron sentenciados a una suspensión y se les retiró el derecho al examen semestral “por falta de respeto y valores morales hacia sus compañeros”. En su expediente consta que ambos “siguieron riendo hasta que se les hizo firmar el acta de suspensión”. Tuvieron que irse a extraordinario y, como era de esperarse, reprobaron. Fueron expulsados del tercer semestre y aunque intentaron reingresar a otra escuela de bachilleres, no lo consiguieron. Llegaron así a los veinte años. Cuando tuvieron que buscar trabajo, el único que encontraron fue de barrenderos. Eso sí, siguieron siendo siempre mejores amigos.

A Urrutia, en cambio, le pasaron cosas diferentes. El examen apócrifo le sirvió para superar heroicamente el semestre. Los siguientes semestres, como habían eliminado matemáticas del plan de estudios, no tuvo problemas con ninguna materia y pasó el bachillerato como Juan por su casa. Ingresó en una universidad pública modesta y al titularse de abogadaso entró a la carrera política, juntó buenas influencias y tuvo un ascenso meteórico. Ahora es subjefe en una secretaría de Estado. Cobra cheques de cinco cifras, que por supuesto no sabe leer, menos escribir.

En la actualidad, a Felguérez y Figueroa se les ha asignado la plaza del jardín Colorado. Todas las mañanas barren, de siete a nueve, y por las tardes, de cinco a siete. Cuando terminan su turno, van con don Jacinto, el de las tortas, y piden dos de milanesa para llevar, van y se sientan enfrente del banco que queda en la esquina de Dosangides y Terrasco, y cuentan chistes mientras almuerzan. A veces alguno de los dos recuerda el episodio de Urrutia, y entonces se ríen, y luego uno de los dos dice:

-¡Imagínate si le hubiéramos metido un billete!

Y se ríen más. La gente, cuando pasa junto a ellos y los ve sentados comiendo tortas, suele comentar:

-¡Míralos nomás! ¡De barrenderos y tan felices!

Sin embargo, a veces entre Felguérez y Figueroa nomás juntan morralla; no hay para torta, así que se ponen a jugar rayuela con monedas de un peso. Felguérez siempre gana.

dame un toque

Dame un toque. Stalkeame. Dame scroll-dawn. Etiquétame y luego desetiquétame, lentamente, por todas partes. Juega con mis aplicaciones y hazme todas las preguntas que quieras. Pero no me compartas. Esto no es por tener una relacion. Esto es porque Me gustas.

memoria

-Se lo pregunto por última vez: ¿Qué le dijo a los rusos? ¡Qué maldita información les dio!-
-¡Ninguna señor! -solloza el hombre- ¡Los rusos no me capturaron! ¡Se lo repito, se lo juro por lo que usted quiera!
-¡Ay! ¡Cómo puede ser!– El detective está furioso, así que respira, tratando de calmarse mientras se soba los puños- Comprenda que tenemos los expedientes, las pruebas, los análisis. Sabemos que lo capturaron, pero lo que ahora queremos saber es lo que les dijo a los rusos. ¡Vamos, dígamelo ahora o morirá aquí mismo!
-¡Pero no sé nada! – grita desesperado el acusado- ¡si supiera se los diría sin dudarlo, pero no sé nada porque no recuerdo nada!-
-¡Ajá!- exclama el oficial mientras apunta con la lámpara al acusado- ¡Entonces no dice nada porque no lo recuerda, claro! ¡Los rusos lo capturaron, le sacaron la información y le borraron la memoria!-
-¡No señor! –argumenta el acusado mientras intenta apartarse del foco- ¡Así tampoco fue!-
-¿Y cómo está tan seguro?- inquiere el oficial al tiempo que acerca la lámpara tan cerca del acusado que puede ver cómo la incandescencia de la luz quema sus cejas- ¿Cómo sabe que los rusos no le borraron la memoria?
-¡Porque si me hubieran borrado la memoria, lo recordaría!-