la raja

Urrutia tiene el examen en blanco, igual que su cabeza. Por la presión, se ha sentado encorvado y la playera no le alcanza a cubrir la espalda baja. La posición en la que se encuentra su pierna, en compensación, hace que su pantalón se recorra hacia abajo, dejando así asomar un centímetro del elástico de su calzón, y luego, la raja que parte sus nalgas simétricamente. Es un espectáculo visceral. Pero Urrutia no se da cuenta. Su alma está volcada sobre el examen, cuyos incisos están vacíos. Urrutia recapacita tarde que hubiera sido mejor estudiar a ver el especial de los Simpson.

Atrás de Urrutia se sientan Felguérez y Figueroa, que son amigos inseparables. El primero ha terminado el examen. “Menos de nueve es que el maestro es pendejo”, piensa Felguérez. Su examen es de siete punto cinco, bastante aceptable. Deja entonces el lápiz sobre el mesabanco y se dispone a entregar el examen, cuando su mirada oportuna se asombra de encontrar, asomándose del asiento de enfrente, entre el medio respaldo vacío, la raja de Urrutia. Treinta albures chocan frenéticamente en la mente de Felguérez y tiene que taparse la boca para no reírse.

Decide nomás picarle la cola con una pluma, pero entonces se acuerda de que existe Figueroa, así que lo pica a él en el hombro para mostrarle el hallazgo. Figueroa le mueve la mano como espantando moscas. Está concentrado, le falta solamente una pregunta.  “Si esta respuesta es buena, el examen es de ocho y no me voy a extraordinario”. Su examen es de seis. En estas meditaciones está cuando de reojo, y sin poder ignorar los piquetes de Felguérez, voltea y ve la raja y también tiene que cubrirse la boca para no reírse y llamar la atención de Archundia, el maestro, que hasta entonces ha estado leyendo. Se susurran. Felguérez hace señas de querer picarlo con el lápiz, pero Figueroa lo detiene para sacar algo de su bolsillo: una moneda de un peso. Se la da a Felguérez, y esta vez Figueroa hace señas de estar echando cambio en una alcancía. Felguérez entiende, ríe en silencio y comienza con sus dedos una cuenta regresiva: 3, 2, 1, ¡zas! Cae la moneda rumbo al ano de Urritia.

-¡Órale, cabrones! ¡Métansela a su abuela!- grita Urrutia.

Felguérez y Figueroa se cagan, casi literalmente, de risa. El salón se sobresalta. Archundia da un brinquito y ordena que los tres salgan del salón. Tiene una lógica de hierro.

-¡A ver, jóvenes: o me explican lo que pasó o se van con suspensión los tres!

Urrutia habla. Felguérez y Figueroa siguen soltando risas arrítmicas.

-Yo estaba sentado, profe, y de repente Felguérez o Figueroa, no sé, me metieron una moneda al calzón -los amigos se ríen-, y pues les grité porque me enojé mucho, profe.

-¿Es cierto eso jóvenes? ¿Eh, jóvenes? ¡Jóvenes! ¡Dejen de reírse! ¿No ven que es una falta de respeto gravísima a su compañero? ¡Jóvenes! ¡Muy bien, se van a la dirección por una suspensión y con examen reprobado!

Archundia escoltó a Felguérez y a Figueroa a la dirección y dejó que Urrutia se metiera a terminar el examen. Urrutia aprovechó la coyuntura para empezarlo, copiar las respuestas de sus compañeros y sacar así un nueve punto cinco.

Felguérez y Figueroa fueron sentenciados a una suspensión y se les retiró el derecho al examen semestral “por falta de respeto y valores morales hacia sus compañeros”. En su expediente consta que ambos “siguieron riendo hasta que se les hizo firmar el acta de suspensión”. Tuvieron que irse a extraordinario y, como era de esperarse, reprobaron. Fueron expulsados del tercer semestre y aunque intentaron reingresar a otra escuela de bachilleres, no lo consiguieron. Llegaron así a los veinte años. Cuando tuvieron que buscar trabajo, el único que encontraron fue de barrenderos. Eso sí, siguieron siendo siempre mejores amigos.

A Urrutia, en cambio, le pasaron cosas diferentes. El examen apócrifo le sirvió para superar heroicamente el semestre. Los siguientes semestres, como habían eliminado matemáticas del plan de estudios, no tuvo problemas con ninguna materia y pasó el bachillerato como Juan por su casa. Ingresó en una universidad pública modesta y al titularse de abogadaso entró a la carrera política, juntó buenas influencias y tuvo un ascenso meteórico. Ahora es subjefe en una secretaría de Estado. Cobra cheques de cinco cifras, que por supuesto no sabe leer, menos escribir.

En la actualidad, a Felguérez y Figueroa se les ha asignado la plaza del jardín Colorado. Todas las mañanas barren, de siete a nueve, y por las tardes, de cinco a siete. Cuando terminan su turno, van con don Jacinto, el de las tortas, y piden dos de milanesa para llevar, van y se sientan enfrente del banco que queda en la esquina de Dosangides y Terrasco, y cuentan chistes mientras almuerzan. A veces alguno de los dos recuerda el episodio de Urrutia, y entonces se ríen, y luego uno de los dos dice:

-¡Imagínate si le hubiéramos metido un billete!

Y se ríen más. La gente, cuando pasa junto a ellos y los ve sentados comiendo tortas, suele comentar:

-¡Míralos nomás! ¡De barrenderos y tan felices!

Sin embargo, a veces entre Felguérez y Figueroa nomás juntan morralla; no hay para torta, así que se ponen a jugar rayuela con monedas de un peso. Felguérez siempre gana.

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