microcuentos de el cuento

Desde 1964 y hasta su muerte, en 1994, Edmundo Valadés escribió, recopiló y tradujo relatos breves para su revista El Cuento.

Entre aquellas páginas intercalaba, como cerezas de un pastel, en pequeños recuadros, minificciones con una viñeta.

Una de las cosas que más me gustaba de aquellas publicaciones, es que el dibujo que ilustraba, en ocaciones, no tenía nada que ver con el microrrelato propiamente ilustrado. Si el cuento hablaba de hadas, por ejemplo, ponían un submarino, y si hablaba de guerra, ponían un sapo.

Sin más, y enterados de lo anterior, microcuentos de El Cuento, re-ilustrados:

carnal

ilustración para poemario y el Viernes de Ilustración

blah blah! jazz trío

Trabajo de diseño de logotipo para el Blah Blah! Jazz Trío, radicado en Xalapa, Veracruz, México.

Hubo unos bocetos. Aquí dos.

Después se hicieron tres propuestas serias.

Luego hubo propuestas de utilización de las tres propuestas anteriores.

La segunda propuesta (la más geométrica) fue aprobada y se le agregó el “jazz”.

miércoles – 11:49

Me tomó entre sus manos. No sé si antes ya me había dicho cosas lindas. Me miró fijamente y poco a poco, lentamente, me dejó sin nada encima. No sé si antes habría pensado en mí. Acercó sus labios a mi cuerpo y el primer contacto calentó mi exterior al tiempo ritmo que enfriaba el suyo. No supe nunca si quiso que así termináramos. Desenrolló su lengua y hábilmente, sabiéndose conocedora de los mimos labiales, me recorrió con su saliva de arriba abajo y por cada lado. Sentí que me hacía pequeño, nada, y desaparecer. El calor me invadía y el descubierto me hizo sentir el final. Terminé, pues, ahí, sin llegar a la satisfacción total. De mí, apenas quedó algo de madera, y en ella, el convencimiento de que había disfrutado de un paleta de limón. No volví a saber nada.

12:00

la raja

Urrutia tiene el examen en blanco, igual que su cabeza. Por la presión, se ha sentado encorvado y la playera no le alcanza a cubrir la espalda baja. La posición en la que se encuentra su pierna, en compensación, hace que su pantalón se recorra hacia abajo, dejando así asomar un centímetro del elástico de su calzón, y luego, la raja que parte sus nalgas simétricamente. Es un espectáculo visceral. Pero Urrutia no se da cuenta. Su alma está volcada sobre el examen, cuyos incisos están vacíos. Urrutia recapacita tarde que hubiera sido mejor estudiar a ver el especial de los Simpson.

Atrás de Urrutia se sientan Felguérez y Figueroa, que son amigos inseparables. El primero ha terminado el examen. “Menos de nueve es que el maestro es pendejo”, piensa Felguérez. Su examen es de siete punto cinco, bastante aceptable. Deja entonces el lápiz sobre el mesabanco y se dispone a entregar el examen, cuando su mirada oportuna se asombra de encontrar, asomándose del asiento de enfrente, entre el medio respaldo vacío, la raja de Urrutia. Treinta albures chocan frenéticamente en la mente de Felguérez y tiene que taparse la boca para no reírse.

Decide nomás picarle la cola con una pluma, pero entonces se acuerda de que existe Figueroa, así que lo pica a él en el hombro para mostrarle el hallazgo. Figueroa le mueve la mano como espantando moscas. Está concentrado, le falta solamente una pregunta.  “Si esta respuesta es buena, el examen es de ocho y no me voy a extraordinario”. Su examen es de seis. En estas meditaciones está cuando de reojo, y sin poder ignorar los piquetes de Felguérez, voltea y ve la raja y también tiene que cubrirse la boca para no reírse y llamar la atención de Archundia, el maestro, que hasta entonces ha estado leyendo. Se susurran. Felguérez hace señas de querer picarlo con el lápiz, pero Figueroa lo detiene para sacar algo de su bolsillo: una moneda de un peso. Se la da a Felguérez, y esta vez Figueroa hace señas de estar echando cambio en una alcancía. Felguérez entiende, ríe en silencio y comienza con sus dedos una cuenta regresiva: 3, 2, 1, ¡zas! Cae la moneda rumbo al ano de Urritia.

-¡Órale, cabrones! ¡Métansela a su abuela!- grita Urrutia.

Felguérez y Figueroa se cagan, casi literalmente, de risa. El salón se sobresalta. Archundia da un brinquito y ordena que los tres salgan del salón. Tiene una lógica de hierro.

-¡A ver, jóvenes: o me explican lo que pasó o se van con suspensión los tres!

Urrutia habla. Felguérez y Figueroa siguen soltando risas arrítmicas.

-Yo estaba sentado, profe, y de repente Felguérez o Figueroa, no sé, me metieron una moneda al calzón -los amigos se ríen-, y pues les grité porque me enojé mucho, profe.

-¿Es cierto eso jóvenes? ¿Eh, jóvenes? ¡Jóvenes! ¡Dejen de reírse! ¿No ven que es una falta de respeto gravísima a su compañero? ¡Jóvenes! ¡Muy bien, se van a la dirección por una suspensión y con examen reprobado!

Archundia escoltó a Felguérez y a Figueroa a la dirección y dejó que Urrutia se metiera a terminar el examen. Urrutia aprovechó la coyuntura para empezarlo, copiar las respuestas de sus compañeros y sacar así un nueve punto cinco.

Felguérez y Figueroa fueron sentenciados a una suspensión y se les retiró el derecho al examen semestral “por falta de respeto y valores morales hacia sus compañeros”. En su expediente consta que ambos “siguieron riendo hasta que se les hizo firmar el acta de suspensión”. Tuvieron que irse a extraordinario y, como era de esperarse, reprobaron. Fueron expulsados del tercer semestre y aunque intentaron reingresar a otra escuela de bachilleres, no lo consiguieron. Llegaron así a los veinte años. Cuando tuvieron que buscar trabajo, el único que encontraron fue de barrenderos. Eso sí, siguieron siendo siempre mejores amigos.

A Urrutia, en cambio, le pasaron cosas diferentes. El examen apócrifo le sirvió para superar heroicamente el semestre. Los siguientes semestres, como habían eliminado matemáticas del plan de estudios, no tuvo problemas con ninguna materia y pasó el bachillerato como Juan por su casa. Ingresó en una universidad pública modesta y al titularse de abogadaso entró a la carrera política, juntó buenas influencias y tuvo un ascenso meteórico. Ahora es subjefe en una secretaría de Estado. Cobra cheques de cinco cifras, que por supuesto no sabe leer, menos escribir.

En la actualidad, a Felguérez y Figueroa se les ha asignado la plaza del jardín Colorado. Todas las mañanas barren, de siete a nueve, y por las tardes, de cinco a siete. Cuando terminan su turno, van con don Jacinto, el de las tortas, y piden dos de milanesa para llevar, van y se sientan enfrente del banco que queda en la esquina de Dosangides y Terrasco, y cuentan chistes mientras almuerzan. A veces alguno de los dos recuerda el episodio de Urrutia, y entonces se ríen, y luego uno de los dos dice:

-¡Imagínate si le hubiéramos metido un billete!

Y se ríen más. La gente, cuando pasa junto a ellos y los ve sentados comiendo tortas, suele comentar:

-¡Míralos nomás! ¡De barrenderos y tan felices!

Sin embargo, a veces entre Felguérez y Figueroa nomás juntan morralla; no hay para torta, así que se ponen a jugar rayuela con monedas de un peso. Felguérez siempre gana.

moleskine II

moleskine I

moleskine

the printer stones

mezcla 4

yann tiersen

lemon jelly

molotov

daft punk

nortec: bostich + fussible

instituto mexicano del sonido

beastie boys

cranio


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